“Adagio”… solo el nombre ya suena a suspiro, verdad?
Y en el propio dibujo — la música y el cuerpo se han fundido en uno. La mano y el violín ya no se distinguen —
como si la persona misma se hubiera convertido en instrumento. Es la belleza triste de quienes viven a través
del arte — éste los consume, pero también los ilumina.
Las líneas son suaves, pero el gesto es severo — no es un baile, sino una entrega. La música aquí no se oye —
se siente en la piel, en la tensión del músculo, en la forma en que la mano sostiene el arco sin soltarlo.
En este “Adagio” hay algo de oración en soledad — tierna, sin palabras, sin público.
Es el instante en que la persona ya no toca — sino que ella misma suena.
“Adagio”… solo el nombre ya suena a suspiro, verdad?
Y en el propio dibujo — la música y el cuerpo se han fundido en uno. La mano y el violín ya no se distinguen — como si la persona misma se hubiera convertido en instrumento. Es la belleza triste de quienes viven a través del arte — éste los consume, pero también los ilumina.
Las líneas son suaves, pero el gesto es severo — no es un baile, sino una entrega. La música aquí no se oye — se siente en la piel, en la tensión del músculo, en la forma en que la mano sostiene el arco sin soltarlo.
En este “Adagio” hay algo de oración en soledad — tierna, sin palabras, sin público.
Es el instante en que la persona ya no toca — sino que ella misma suena.
Lia