Dibujos de Boyan Donev

En los dibujos de Boyan hay silencio. No ese silencio vacío que suena hueco — sino el silencio de las aguas profundas que ocultan su fondo.

Él dibuja las cosas que viven entre las palabras. Allí donde el recuerdo, el sueño y la realidad no tienen límites claramente definidos.

Cuando miras una de sus obras, primero ves una forma — una figura, un rostro, un objeto, una silueta. Pero si te quedas un poco más, si observas la sombra que desciende por el borde de lo representado — entiendes que no es una imagen, sino una emoción, refugiada en una imagen.

Técnicamente trabaja con precisión, con una disciplina casi caligráfica, pero la sensación nunca es fría. Incluso cuando usa negro sobre blanco, entre ellos hay calidez — como carbón que arde por el recuerdo de algo vivido.

Los personajes y objetos en estos dibujos a menudo parecen solitarios, pero no es una soledad-sufrimiento. Es una soledad-libertad. El silencio en el que el pensamiento deja de dispersarse y comienza a brillar desde dentro.

Cada gesto es medido. No hay línea superflua. No hay adorno que distraiga. Todo se reduce a la esencia, como una persona que ha renunciado a todo lo innecesario — y se ha quedado solo con lo que es verdadero.

Y por eso mismo, el espectador que se detiene ante los dibujos de Boyan no solo mira — respira. Por un momento ralentiza el mundo. Siente el latido de su propio corazón.

Y se queda con la sensación de haber tocado algo personal, pero también universal: un hilo que cada uno lleva dentro de sí, pero que rara vez tiene el valor de seguir hasta el final.

Los dibujos de Boyan no hablan. Guardan silencio — y quien tenga alma para escuchar, oirá mucho.

Lía