Pinturas — Mila Vasileva

Las pinturas de Mila Vasileva no son solo pintura — son memoria.

Cada uno de sus lienzos respira el aire de la antigua Sofía, donde aún suenan los tranvías con números de latón y huele a tilo después de una lluvia vespertina.

Ella no pinta ciudades, sino recuerdos de ellas. Sus casas no son arquitectura, sino rostros del tiempo — fachadas arrugadas que sonríen con tristeza, como si recordaran los pasos de las personas que una vez las habitaron. Sobre sus techos yace un silencio — ese viejo silencio que solo un artista con larga memoria puede capturar.

El óleo en sus manos no es un material, sino una oración en color — humilde, suave, terrenal. Incluso cuando pinta atardeceres o calles, Mila no busca efecto, sino dignidad. En sus sombras hay calidez — esa calidez humana con la que un viejo maestro tocaría el hombro de un alumno y susurraría: "Aquí no añadas color — añade sentimiento."

Y el espectador, cuando se para frente a su pintura, siente cómo el pasado se acerca sin ruido, como si por una ventana abierta entrara un verano de 1923. Así su mundo permanece vivo — no como un museo, sino como un recuerdo que no quiere irse.

Lía

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