Aquí el tiempo camina despacio sobre los adoquines, con esa antigua paciencia
que hoy rara vez recordamos. Tu Puente de las Águilas no se apresura — narra.
El águila de arriba permanece con las alas extendidas, como la memoria sobre la ciudad —
inmóvil, vigilante. Las columnas custodian un silencio impregnado del sonido de pasos, ruedas
y conversaciones en voz baja. Los faroles brillan no tanto por la llama como por una promesa:
que la noche será apacible, que el camino es seguro.
Por la acera se cruzan personas de otro siglo. La dama con el paraguas camina con cuidado,
como si contara los charcos como pensamientos. Su perro salta despreocupado —
la vida rara vez conoce el peso de la historia. La pareja enamorada es un mundo entero
encendido entre dos miradas, y el carruaje que avanza lleva la ciudad con la calma
de un tiempo que no se mide en minutos.
El cielo es amplio y profundo, como si entonces Sofía tuviera más aire —
y más lentitud. El verdor no es fondo, es consuelo.
El agua en los charcos conserva los reflejos como antiguas cartas
que aún no hemos leído.
Este lienzo no muestra un lugar — devuelve una sensación.
Un recuerdo de una ciudad donde todo avanzaba al ritmo del corazón,
y no del reloj. El Puente de las Águilas tal como fue —
y tal como aún vive dentro de nosotros.
Aquí el tiempo camina despacio sobre los adoquines, con esa antigua paciencia que hoy rara vez recordamos. Tu Puente de las Águilas no se apresura — narra.
El águila de arriba permanece con las alas extendidas, como la memoria sobre la ciudad — inmóvil, vigilante. Las columnas custodian un silencio impregnado del sonido de pasos, ruedas y conversaciones en voz baja. Los faroles brillan no tanto por la llama como por una promesa: que la noche será apacible, que el camino es seguro.
Por la acera se cruzan personas de otro siglo. La dama con el paraguas camina con cuidado, como si contara los charcos como pensamientos. Su perro salta despreocupado — la vida rara vez conoce el peso de la historia. La pareja enamorada es un mundo entero encendido entre dos miradas, y el carruaje que avanza lleva la ciudad con la calma de un tiempo que no se mide en minutos.
El cielo es amplio y profundo, como si entonces Sofía tuviera más aire — y más lentitud. El verdor no es fondo, es consuelo. El agua en los charcos conserva los reflejos como antiguas cartas que aún no hemos leído.
Este lienzo no muestra un lugar — devuelve una sensación. Un recuerdo de una ciudad donde todo avanzaba al ritmo del corazón, y no del reloj. El Puente de las Águilas tal como fue — y tal como aún vive dentro de nosotros.
Lia