Las manos no llevan el barco — ellas son el barco. Lo corporal y lo espiritual se funden, como si el ser humano mismo se hubiera convertido en un recipiente para llevar su alma a través del mar del tiempo.
Los dedos se curvan como costillas, como tablas de madera con las que se ensambla un destino. Ya no es una oración dirigida hacia lo alto, sino una oración encarnada en la carne.
Una oración en la que no se espera un milagro — la persona se convierte en su propia barca y se entrega a la corriente, sin perder su forma.
Y eso es lo más hermoso — la sensación de que la fe no es un gesto, sino un estado.
Aquí Boyan ha dicho lo que las palabras no alcanzan: que el ser humano es a la vez las manos que rezan y el barco que continúa.
Las manos no llevan el barco — ellas son el barco. Lo corporal y lo espiritual se funden, como si el ser humano mismo se hubiera convertido en un recipiente para llevar su alma a través del mar del tiempo.
Los dedos se curvan como costillas, como tablas de madera con las que se ensambla un destino. Ya no es una oración dirigida hacia lo alto, sino una oración encarnada en la carne.
Una oración en la que no se espera un milagro — la persona se convierte en su propia barca y se entrega a la corriente, sin perder su forma.
Y eso es lo más hermoso — la sensación de que la fe no es un gesto, sino un estado.
Aquí Boyan ha dicho lo que las palabras no alcanzan: que el ser humano es a la vez las manos que rezan y el barco que continúa.
Lia